Cuando acaba, ponen una de 007. Tomorrow Never Dies1. Val me dice por Whatsapp que están listas en cinco minutos. Joder. A mí se me ha ido el santo al cielo. Es hora de irse. Me doy una ducha rápida y me cambio de muda y de camisa. Bond insufla aire a Wai Lin, y
Por quinientos euros extra, Lucas, el tipo que ha montado la cerradura biométrica de huella digital, me envió, en formato de fotos digital, las huellas de todos los que trabajamos allí. La mía también. El operario no se llama Lucas, pero se parece al pato Lucas1. O quizás es que ambos cecean. Puede ser eso.
Aquí está, encima de las Meditaciones de Marco Aurelio. ¿No es magnífica? Esta esculturita de latón con forma de cabeza de águila real que sostengo entre mis manos… ¿Sabes qué es? ¿Te acuerdas? Bueno, ahora está oxidado, envejecido, falto de lustre, lleno de empaque. Es la cabeza del bastón de Felipe Águila1, el viejo, el
—Solo hay un objetivo —digo—. Nuestro trabajo es que Marina se enamore de Ricardo. —Es fácil —dice Valeria—. Basta con que él le sea fiel y no la deje a cada rato. —¿Está bueno? —pregunta Judit. Zamme proyecta un collage con fotos de Ricardo. No sabría decir si está bueno, pero es un tipo distinguido.
María José le da al taxista un papel con la dirección. —Espero que sea lo que buscas, mate —dice. Pongo mi índice sobre mis labios. Es el signo que todos conocemos como “cállaté”. Llegamos en apenas quince minutos. El taxi nos deja delante de La Campana, la sede de la Jefatura Provincial de Tráfico. —Desde
Son las cuatro de la mañana y todo lo que hay detrás de mi corazón me duele a rabiar. A ver si va a tener razón el doctor Hank y tengo que tomarme los analgésicos. Soy muy tolerante al dolor y pensé que esa alerta me protegería, que me diría cosas como “no te agaches”,
Lo normal es que no hubiera abierto la puerta. He dormido apenas tres horas si sumo todos los ratos. No espero a nadie y además me duele hasta pensar. Quizás por eso, porque no pienso, y también porque quien quiera que sea ha llamado al timbre cinco veces, nos levantamos, los pinchazos en mi espalda
Yo también tengo ese rincón en el que, cuando se construyó la casa o se le hizo aquella reforma, se guardaron materiales que sobraron. Por si había que hacer alguna reparación. -Varias latas y un par de bidones de pintura. -Cajas y cajas de baldosas. -Placas de escayola. -Una madeja de esparto -Siete lamas y
Zamme accede a hacerme la vida más fácil y se ha hecho él también, a regañadientes, con un teléfono “seguro”. —¿Qué dice? —¿Qué hace? Gente más seria utiliza un santo y seña y una contraseña. Zamme y yo el “¿Qué dice?/¿Qué hace?”. —¿Quin cony de problema1 tenías con el IRC? —pregunta. —No tengo problema. —Lo
A veces las cosas son fáciles. Voy a la sede del grupo Festina y pregunto por Inma. Todavía trabaja aquí, si. —Esperaré. —Como desee, caballero. Una hora. —¡Hola! —¿Te acuerdas de mí? —Claro, Jesús, el amigo de María José1. ¿Te has decidido por algún modelo? —Me lo estoy pensando. Dudo. —¿En qué te puedo ayudar?