María José le da al taxista un papel con la dirección.
—Espero que sea lo que buscas, mate —dice.
Pongo mi índice sobre mis labios. Es el signo que todos conocemos como “cállaté”. Llegamos en apenas quince minutos. El taxi nos deja delante de La Campana, la sede de la Jefatura Provincial de Tráfico.
—Desde aquí son cinco minutos caminando, mate.
El edificio de oficinas ha conocido tiempos mejores. No está mal. Delante de la entrada hay el típico cartel que informa de las diferentes empresas que tienen oficinas allí. Hay bastantes huecos y algunos de los letreros han sido quitados. Puedes deducir eso por el cambio de color en algunas zonas de los rieles metálicos. Estuvieron tapados del sol más o menos tiempo, en función de cuándo tal o cual empresa decidió abandonar el lugar. Hay un recepcionista tras una mampara, un tipo que debe estar a punto de jubilarse con una bata que en algún momento debió ser de color azul.
—Le presento al señor Vergara —dice María José.
El tipo sale a darme la mano. Se parece a Daniel, el segundo de los hermanos Baldwin.
—Cualquier cosa que necesiten marquen el 9.
Subimos a la tercera planta en el ascensor.
—Hay cuatro oficinas por planta. Las otras tres de esta están sin uso.
María José abre la puerta y me enseña…
—Tu nuevo centro de control —dice.
En la recpción hay una imitación del sofá Le Corbusier con estructura vista de acero y polipiel negra, una lámina del skyline de Nueva York y una mesa típica de recepción con su mesa típica de recepción. Se nota que todo esto ya estaba aquí. Lo que seguro no estaba es esa magnífica monstera deliciosa.
—Es una de mis plantas favoritas —digo.
—Ha costado una pasta, pero creo que vale la pena.
—Absolutamente.
Pasada la recepción hay una puerta a derecha e izquierda. La de la izquierda es una sala de juntas con una mesa grande y ocho sillas y la de la derecha está cerrada con llave.
—Esta te la enseño al final, mate.

Hay un pool con ocho estaciones de trabajo y un rincón para la impresora y ¡un fax!
—¡Menuda reliquia!
—Ya. Me he esperado a tirarlo por si lo querías conservar.
—Déjalo, que se vea que llevamos tiempo en el oficio.
Una oficina, una cocina totalmente equipada y los aseos, con dos váteres y dos lavamanos.
—Hice cambiar el espejo. El que había estaba roto en una esquina.
María José quiere enseñarme de nuevo la cocina.
—Hay comida —dice.
Hay comida para que se alimente una familia numerosa durante un mes. Mucho café. Mucho de todo.
—Me encanta. Es perfecto. Has hecho un gran trabajo.
—No has visto lo mejor, mate. Toma.
Lady Testaferro me da tres llaves unidas por una argolla. Son para la puerta que estaba cerrada. Es un pequeño apartamento con tres estancias: una cocina, un lavabo completo y un dormitorio. Todo es un poco frío, como la suite de un hotel de tres estrellas.
—Lo más caro ha sido la cama y el colchón.
—Si lo uso un par de veces habrá valido la pena.
—No se domina el mundo sin descansar bien, jefe.
—Está todo muy limpio.
—Me he dado una buena paliza —dice—, pero me dijiste que no quería que nadie lo viera antes que tú.
—Lo entendiste a la perfección, aunque pienso que va a ser raro que no tengamos subcontratada la limpieza.
—Le he dicho a Enrique que soy la chica de la limpieza.
—¿Enrique?
—El portero. El tipo de la recepción.
—¡Ah! Daniel.
—Se llama Enrique.
—Se llama Daniel.
—Se llama Daniel —repite.

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