Aquí está, encima de las Meditaciones de Marco Aurelio. ¿No es magnífica? Esta esculturita de latón con forma de cabeza de águila real que sostengo entre mis manos… ¿Sabes qué es? ¿Te acuerdas? Bueno, ahora está oxidado, envejecido, falto de lustre, lleno de empaque. Es la cabeza del bastón de Felipe Águila1, el viejo, el poeta, el que se parecía a George Bush padre. Encontramos a aquel desgraciado que intentó estafar a los ancianos encima de la mesa, atado, con tres de cada cuatro huesos rotos a palos, con la cabeza abierta y medio cerebro por el suelo, con el bastón de Felipe clavado en la frente. Y me llevé esto. Desincrusté el pico de este águila del cráneo del fiambre para que no hubiera una prueba tan evidente contra el abuelete. Cuando llegué a casa le quité las huellas y me lo quedé como trofeo o como fetiche. Lo limpié con cualquier mierda de producto que encontré en casa, hasta con peróxido. Me lo quedé como trofeo, fetiche, o inversión, que al paso que vamos alguien pagará un pastón por él.
—A veces hacemos cosas incorrectas por las razones correctas2—me repite Felipe en mi puta cabeza.
Una de las geniales ideas que se me han pasado por la cabeza ha sido ponerle a la empuñadura de Felipe la vara de mi otro bastón. El bastón de mando. Me lo regaló Marco el Mohicano, un compañero de la poli de Ciutat Vella.
—Toma, Bordas, para que lo uses en tus performances de sadomasoquismo —dijo.
Es un bastón con palo de aluminio lacado en negro y empuñadura de pomo con forma de bulbo y plateada. Parece un bastón de mando. El bastón de un amo. Y sí, lo he utilizado en algunas de mis sesiones. La verdad es que la vara esa de aluminio no le pega nada al águila de latón y, por otro lado, no me parece bien eso de desarmar un signo de poder que ya tiene un pelín de solera. Por supuesto, tampoco es un bastón para ir caminando con él por la calle. Más que nada que mi arnés no es de cuero de cuero negro con argollas.
He tenido que desestimar esa genial idea de desvestir a un santo para vestir a otro y pasar al plan b, que parece el bueno.
Sé a quién necesito y dónde encontrarle.
Tengo una fijación por los carpinteros de toda la vida. Esa especie en extinción. Tengo grabada en la memoria el taller de Frasquito, en el que me colaba, cuando era chico, para quedarme sentado allí, en un rincón, y ver cómo trabajaba, oliendo la madera recién cortada. Fue entonces cuando bauticé a todos los carpinteros ebanistas como “Frasquito”. Y hay un Frasquito en Mataró. Y el nombre le va que ni pintado porque el señor es pequeño como un tarro de mermelada de los pequeños.
Necesito a Frasquito y lo voy a encontrar en su carpintería.
—Quiero que me hagas un bastón. Bueno, solo el palo. Es para este mango.
Mi hombre estudia la pieza de latón. Mide el diámetro de la anilla y la rosca del tornillo con un pie de rey. Su cara es como de denostar un poco el encargo, de “no se merece tanto trabajo esto, pero tú sabrás”. Se va hasta una esquina del taller, rebusca entre algunas maderas y vuelve con un listón cuadrado.
—¿Torneado y liso en castaño te va bien?
Frasquito el pragmático.
—Me va perfecto. ¿Cuándo lo tendrás?
—Media hora más lo que tarde en secarse el barniz.
—No lo barnices. Vuelvo en media hora.
Una hora he estado en la floristería que hay a treinta metros del taller de Frasquito. No tenían ninguna monstera, y aún así he estado a punto de llevarme media tienda. Menos mal que soy todo autocontrol y al final he pasado de todo. Bueno, no; lo que pasa es que en realidad solo he estado distrayéndome mientras Frasquito tornea mi bastón porque me puede el ansia. Lo de la gratificación aplazada no va conmigo. Yo ya tardo en correrme, pero cuando me viene me viene.
—Vuelvo en unos días. Tráeme una monstera.
Entro en la carpintería. Frasquito está sentado en un taburete. No me mira. Se apoya con las dos manos en el bastón, ya montado. Ahora sí me mira; y sonríe levemente. Se parece a Yoda, el gran maestro Jedi.
—Mi aliada es la Fuerza, y una poderosa aliada es3 —me dice, telepáticamente.
Me lanza el bastón con su poder de telequinesis. Bueno, no; simplemente me lo lanza. Es magnífico. Tiene algo de mágico. Algo me recorre la espalda. Es el dolor por haber extendido el brazo para cogerlo. Mierda. ¡Oh, le ha puesto hasta una puntera de goma! Genial.
—¿Qué te debo?
—Veinte. ¿Te parece bien?
—Me parece muy barato.
Yo, de ser él, me lo hubiera regalado y hubiera quedado como un señor. Frasquito el pragmático, sí.
Le doy el billete de veinte y las gracias. Hubiera molado que contestara “las armas no ganan batallas. Tu mente, poderosa ella es”, pero no.
—Adéu4 —dice.
Me da un poco de vergüenza caminar con esto por la calle. Es como si llevara un cartel que dijera “es la prueba de un crímen”. Como cuando pierdes la virginidad y crees que todo el mundo lo sabe nada más mirarte porque lo llevas escrito en la frente. Además, creo que no me ayuda mucho a aliviar el dolor de espalda. No sé… vaya mierda todo. Por otro lado, Catalina, Catalina Krawl, mi última correctora, estará contenta. Bueno, no sé si contenta. La tipa es dura. Cuando acabó de corregir Nolotil, Sintrom, Beretta me dijo que qué pasaba con el bastón del señor Águila. Que no lo entendía muy bien. Que no se volvía a hablar de ello. Y que me lo había llevado como algo importante para mí y que “nunca más se supo, Jesús”. Aquí lo tienes, zorra.

Notas
1Aparece en Nolotil, Sintrom, Beretta (https://jesusbordas.com/nsb/)
2Frase del papá de Po en Kung Fu Panda, la peli de 2009 de DreamWorks.
3Frase que le dice Yoda a Luke Skywalker en Star Wars: Episodio V – El Imperio contraataca, la peli.
4Adiós, en catalán.

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