D7: tocado; D8: hundido

Lo normal es que no hubiera abierto la puerta. He dormido apenas tres horas si sumo todos los ratos. No espero a nadie y además me duele hasta pensar. Quizás por eso, porque no pienso, y también porque quien quiera que sea ha llamado al timbre cinco veces, nos levantamos, los pinchazos en mi espalda y yo. También porque, a través del móvil, veo lo que ve mi cámara de seguridad. Parece un mensajero de SEUR pero todos hemos visto en pelis que podría ser un agente de policía encubierto.

—No eres tan importante, borinot1 —dice, en mi cabeza, el bueno de Zamme.

Se parece a Jim Carrey en El chico del cable2.

—¿Sí?

—Paquete para el señor Vergara Paz.

Hijo-de-puta. Señor Vergara Paz. Verga raPaz.

Definitivamente es cosa de Zamme

—Firme aquí.

—¿Por qué ha llamado tantas veces?

Me duele levantar el bolígrafo, joder.

—Lo pone en las instrucciones —dice.

—¿Instrucciones?

—Bueno… en la casilla de comentarior. A ver… “llame al timbre cinco veces”.

Ni cuatro ni seis. Cinco.

Firmo y Jim me entrega un sobre de cartón kraft, acolchado con plástico de burbujas, tamaño Din-A5. Cierro la puerta y abro el sobre. Un trozo de plástico y una nota. El plástico es la tarjeta sanitaria de Zamme, con su nombre y apellidos. Su tarjeta.

“Ve a hospital. No seas capullo”. Eso dice la nota. Ha dibujado un par de corazones a modo de firma. Son unos corazones muy mal dibujados, no crean.

Solo tardan hora y media en hacerme pasar a la consulta.

El doctor, que se parece horrores a Hank Schrader3, el agente de la Dea y cuñado de Heisenberg en Breaking Bad, golpea cada una de mis vértebras dorsales con los nudillos. Lo hace a conciencia, como se pica a la puerta de una amante despechada.

—¡Ahí duele! ¡Y ahí!

Hank me manda a la sala de espera. Se llama “de espera” pero debería llamarse “del desespero”. O de la santa paciencia. Dos horas han tardado en hacerme la radiografía. Y una hora más en volver a llamarme a consulta. Bueno, llaman a Zamme por su nombre y apellidos.

El doctor Schrader no retira la mirada de la pantalla de su ordenador.

—Así que no era necesario hacerle una radiografía porque no había nada roto…

Dice eso en un tonito al que le hubiera ido bien acabar con un “¿Eh, listillo?”. El tipo gira el monitor. Me señala la radiografía de mi columna, que antes era recta y ahora… Ahora no.

—Tiene una vértebra machacada y una fractura en otra.

Se me ha erizado todo el vello. No me veo, pero estoy convencido de que también se me ha quedado cara de palo.

—D7 machacada y fractura en D8.

—Menuda mierda, doctor.

—Mueva los dedos de los pies —dice.

—¿Disculpe?

—¿Puede mover los dedos de los pies?

—Sí.

—Pues dé gracias.

Encima, gracias.

—Antiinflamatorio, paracetamol y un corsé —añade, a modo de despedida.

—¿Un corsé?

—Unos dos meses, como poco —dice, el muy sádico.

Hank me mira a los ojos como si quisiera metérmela hasta los huevos sin invitarme a una copa ni nada.

—Le he pedido una analítica para evaluar su densidad ósea. Sus huesos no parecen los de alguien de cuarenta y cinco años.

—Estoy estropeado porque vivo a tope —contesto.

Dos meses. Me cago en mi puta vida.

Notas

1 Insulto blando en catalán para alguien que es un pesado, que no se calla ni debajo del agua.

2 The Cable Guy, en inglés.

3 Interpretado por Dean Joseph Norris.


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