Y después está perder

Sin paños calientes. Perder de verdad.

Una de las lecciones más importantes que he recibido en la vida es la de aprender a perder. Me la dio Sandra, cuando era mi instructora y antes de ser mi amiga. Me dijo, más o menos esto: «A veces perdemos. Perdemos de manera justa y clara; o de penalti injusto en el último segundo. Y no hay más. Tiramos adelante. A otra cosa. A hacerlo mejor la próxima vez».

Entiendo que para muchas persona esta idea de «de vez en cuando, alguna vez o muy de tanto en tanto; perdemos» y su corolario «se asume la derrota y a otra cosa»; esa idea, digo, puede no ser ni una novedad ni una gran cosa. Pero para mí lo fue. Porque yo no estaba (ni estoy) acostumbrado a perder o a fallar. O mejor dicho: no tenía la suficiente humildad para asumir la cantidad de veces que fallaba y perdía.

Por tanto, esta lección no fue solo «aprender a perder», sino que también fue aprender a ser humilde y aprender a que lo obvio para uno no tiene por qué serlo para otro. Lo que viene siendo empatizar o, como dijimos ayer, ponerse en los zapatos del otro. Un tres por uno impagable, sí.


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