Me puse aquellos calcetines que tenían un agujero en la punta y me calcé los zapatos. Eran unos botines vintage de cuero envejecido que me gustaban mucho. Por alguna extraña razón aquellos zapatos olían muy mal. Supongo que era el tipo de piel; yo qué sé. No tenía hongos. Mis pies estaban limpios y sanos. Mis otros zapatos no olían mal. Pero aquellos zapatos sí. Bueno, olían mal cuando estabas cerca de ellos, por ejemplo para acordonártelos, y solo cuando no los llevabas puestos. Cerraban bien el pie y aquel olor a piel putrefacta no salía de allí. Tenía previsto jubilar aquellos botines y comprarme otros nuevos, de otra marca, quizás. Me aseguraría que los nuevos no me dieran el mismo problema que aquellos. Jeans, camiseta Levi’s y carpeta; y me fui a la segunda clase del máster de mediación y resolución de conflictos.
El profesor nos hizo formar en dos líneas enfrentadas de manera que cada uno de nosotros tuviera, de frente, a un compañero o compañera del curso. A mí me tocó delante una Silvia, Marta o Yolanda realmente deliciosa. Morena, con el pelo liso, escalado, enmarcando una cara joven, preciosa y sofisticada. Una clon de Andy Sachs, la secretaria interpretada por Anne Hathaway en El diablo viste de Prada. Llevaba un vestido a media pierna y zapatos de charol con tacón cuadrado de ocho centímetros. Aún con esos tacones, mi Andy era bastante bajita y tenía que levantar la cabeza para mirarme a los ojos. Se quito las gafas de pasta y las mantuvo en la mano mientras me decía «hola, extraño». Me enamoré en ese mismo momento, claro.
—Atended —dijo el profesor—. En nuestra clase anterior hicimos un brainstorming para sacar, entre todos, las características o elementos que hacen que una negociación sea exitosa. Uno de vosotros dijo «empatía», «ponerse en el lugar del otro», «ponerse en su piel», «ponerse en sus zapatos». Quiero que todos y todas os intercambiéis los zapatos con la persona que tenéis delante.
Ni lo intenté. Esos zapatos de tacón del 36 no me cabían. No pude ocultar mis calcetines agujereados, tampoco. Andy en cambió, metió sus preciosos piececitos, con las uñas pintadas de rojo, en mis maloliente botines.
—¿Os sentís cómodos? No, claro que no. Es fácil decir eso de ponerse en los zapatos del otro, pero es difícil hacerlo. La empatía real es difícil. Pocas veces conocemos la historia del otro.
Andy me devolvió mis botines y toda esperanza de poder llevármela a la cama.

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