Vivir a cinco años vista


Lo de hoy lo he contado ya muchas veces. Está, incluso, publicado en el capítulo 2, «Maja», de «Todas las amantes que me salvaron la vida 3». Allí explico mi historia clandestina con mi primera (o segunda, según se mire) amante.

«Aquello que dije de "historia clandestina" viene porque yo estoy casado y ella está con un tipo casado. Sus amigos saben un poco, que es saber lo esencial, de sus furores y sus frustraciones. Hace unos meses pude conocerlos. Estuve
invitado a un cumpleaños en un bar de Santa Coloma. El plan era tan sencillo como comerse unos frankfurts, beberse unas cervezas y reirse mucho. Y aún con todo, era mi antiplan. Así conocí a Yolanda.

Yolanda era una morenaza bellísima, de 22 años. Tenía un cuerpo de escándalo y una cara preciosa, con unos ojos que te cortan la respiración. Yolanda tenía un novio que era un chulazo que bien podría haber contratado Gaultier para ponerle cara a su nuevo perfume. Yo me lo hubiera follado sin pensar. Y soy superhétero. Eran la pareja más guapa que he visto en mi vida. Una de esas parejas que se aman y están todo el día discutiendo. Yolanda era hija única y tenía unos padres amantísimos. También tenía un buen trabajo y estaba acabando la carrera. Y odiaba vivir con sus padres, su trabajo de mierda y la Universidad. En fin, Yolanda lo tenía todo y estaba mal con todo. Le diagnosticaron cáncer y murió, tras muchos dolores, en apenas dos meses. No me relaciono bien con los muertos y no me gusta asistir a velatorios o sepelios, pero pude pasar diez segundos a solas con el cadáver de Yolanda y aquello fue lo más bello que he visto en mi vida. De hecho, trascendió la experiencia estética y se convirtió en algo que todavía intento gestionar. Y, sobre todo, me he vuelto loco pensando que mañana mismo me puedo morir y quiero gozar de todos los placeres que se me pongan delante. O yo fuerze a que se me pongan delante.»


Eso pensé entonces, con veintiséis años. Así, queridos niños, me convertí en hedonista. El carpe diem y toda esa mierda.

Vive el momento.

El mañana no existe.

La cuestión es que, por unas cosas o por otras, el mañana, tozudo él, no desaparece.

El sol vuelve a salir.

El profe está esperando en el despacho a que le entregues ese trabajo para ponerte la única matrícula de honor de ese año del departamento de escultura.

Tu mujer espera a que vuelvas a cenar y tu amante que no lo hagas.

Vivir al día te vuelve loco y te deja solo.

Y así, queridos niños, me hice epicúreo, que en su versión barata viene a ser un poco lo mismo de antes pero con amigos.

Uno se va haciendo cuarto y mitad de estoico sin haber leído a Zenón de Citio, ni a Epicteto ni a Marco Aurelio porque al final… por lo que sea. Ese yo, filósofo de badulaque.

Vivir a cinco años vista es tomar conciencia de que te quedan eso, cinco años, de estar por aquí dando por saco.

-¿Cómo han salido los análisis, doctora?

-Jesús, te quedan cinco años de vida*.

Cinco años es un horizonte suficiente como para pararte a plantar un árbol, escribir ese libro o disfrutar de los primeros años de tu hija. Cada cual tendrá sus propios ejemplos, sí. Y es un horizonte que te obliga a vivir tu vida con plenitud. Con toda la plenitud que se pueda. Y con una cierta urgencia, todo hay que decirlo.

Cinco años para reparar desde ya la relación con tus padres; para decidir si quieres estar con una pareja con la que no paras de discutir; para acabar o no esa carrera; para dejar o no ese trabajo. No en vano, quien ha tenido un susto, quien le ha visto las orejas al lobo, toma decisiones vitales. Y quien está en el ocaso de su vida tiene claro cómo lo haría si dispusiera de una segunda oportunidad.

Por cierto, siempre te quedan esos cinco años. Es lo que tienen los horizontes, que nunca los alcanzas. Te alcanza a ti por sorpresa. No sabemos la arena que queda por caer del bulbo superior del reloj de cristal opaco. Oímos los granos caer, eso debería servir.

* Esta conversación es fictícia.


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