-Nos hemos follao a esos germanos, ¿Eh, chavalote?
-Ya te digo, Marco Aurelio.
-¿Llevo recta la corona de laurel?
-Estás hecho un pincel. Pedazo de desfile triunfal que te has marcado, cabrón.
-¿Qué más tienes que decirme?
-Recuerda que morirás.
-Ya te digo.
-Alejandro, Pompeyo y Cayo César, después de pasarse por la piedra todo lo que se les puso delante, también palmaron.
-Me mola eso que has dicho ¿Te importa que lo ponga en mi libro?
-¿Estás escribiendo un libro, Emperador?
-Seh, creo que lo voy a llamar «Meditaciones».

Trece siglos más tarde de lo de Marco Aurelio, Jorge Manrique, llorando a su padre se dijo algo así como «eh, pavo, espabila que a la que des cuen estiras la pata» y después pensó que mejor se lo curraba en coplas de pie quebrado .
Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte,
tan callando; (…)
Y así nos dejó una de las poesías más bellas de todos los tiempos.

Ese Festina lo heredé de mi difunto padre. Está parado y la cadena me aprieta en la muñeca. Solo lo luzco en ocasiones muy especiales aunque me lo pongo a menudo en la intimidad. Me encanta. Me encanta que esté parado y que me apriete la muñeca. Es mi memento mori. Supongo que lo acabará heredando a su vez, la luz de mi vida. Mis ojos ya los tiene, para cuando yo los cierre.


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