—Esto está bastante lleno. ¿Cómo coño lo has hecho?
Valeria1 se sorprende (y yo también) de que la sala de actos de la Facultad de psicología esté llena. Tampoco nos pasemos: está al 80%, pero eso es mucho, muchísimo, para una charla que está fuera del programa y cuya asistencia no da créditos a los estudiantes. Porque sí, casi todos son estudiantes, a tenor de las edades, sobretodo en la veintena ,de los asistentes. Los únicos que cantamos como una almeja, por edades y apariencia, somos los del Melpro. “Melpro” es el nombre en clave de la operación que tenemos entre manos en Ex Machina. “Mel” por “Melibea” y “pro” por “proyecto”. Melpro.
—Ni idea —digo, en voz baja—. Yo solo he encargado y pagado la charla. Y tampoco he visto que la Uni haya hecho mucha promo.
El bedel comprueba que se escucha el micro inalámbrico con auriculares incorporados. Dice “sí-sí. ¿Se escucha bien?” y deja el dispositivo en la mesa a Marcia. Marcia le da las gracias. Esa mujer es una especie de Jackie Kennedy actualizada, sobre todo en su peinado, a 2025. Eso si Jackie, a día de hoy, tuviera 42 años y fuera la psicóloga española especialista en relaciones afectivas más respetada en el mundo. Ahí está, en el estrado, sentada. Teclea algo, con cierta violencia, en su pequeño portátil. Tiene el atractivo de cualquier persona concentrada en su pasión. De cualquier animal. De cualquier leona que ha fijado a la gacela herida. Ahora hace una pausa. Mira la pantalla mientras la sujeta con su mano derecha, como quien agarra el hombro de un amigo mirándole a los ojos y le dice “saldremos de esta”. La mujer consulta la hora en su muñeca, plega la pantalla del ordenador, coge la botella de agua, se levanta y camina con firmeza hasta ponerse delante de nosotros. Viste unos zapatos de salón de medio tacón plano, pantalones de pinzas, camiseta de tirantes y americana de verano. Todo en tonos beige y salmón. Beige los pantalones y la chaqueta y salmón los zapatos y la camiseta. Y las uñas. Casi todo. El cinturón del pantalón es celeste, a juego con las piedras de sus discretos pendientes de oro. Digo yo que serán de oro, como la finísima gargantilla que lleva al cuello, la pulsera en forma de cadena y el Rolex Day-Date 36. Abre la botella de agua, pega un sorbo y se da su tiempo para volver a cerrarla. Nos mira y sonríe. Valeria pone a grabar la cámara de video.
—Como todos los días —hace una pausa técnica que equivale al sobado “buenos días a todos y gracias por asistir”—, esta mañana he ido a comprar unas baguettes para hacerle los bocadillos a mis hijos.
El murmullo de los asistentes se apaga.
—Decía que, como todos los días, esta mañana he ido a comprar unas baguettes para hacerle los bocadillos a mis hijos. Al ir a entrar en la panadería he coincidido con un hombre. Nos hemos encontrado casi hombro con hombro. Se notaba que ambos teníamos prisa. El tipo —dice Marcia, imitando muy sobreactuada el gesto de invitar a pasar a alguien— me ha cedido el paso. Olía a lavanda y menta, pero también… —Jackie frota sus dedos en el aire, ante su nariz, como si quisiera extraer de ahí esos aromas— también a madera vieja y a ron. No creáis que soy perfumista. No. He buscado las descripciones del Eternity de Calvin Klein. Sé que era Eternity porque es el que usaba mi jefe. El último jefe que tuve. Este olía diferente. Olía a Eternity enriquecido con feromonas naturales. ¿Sabéis esos cargadores inalámbricos para móvil? ¿Esos en los que simplemente pones el teléfono encima? Yo creo que si le hubiera puesto el Iphone en el hombro hubiera hecho estallar la batería.
Marcia deja que nos riamos. Las primeras risas en una conferencia suelen ser tímidas, así que, para animarnos, suelta un “booooom” y gesticula con las manos dibujando el homgo que produce una explosión nuclear. Reímos todos, ahora sí. Marcia camina con la cabeza baja, pensando. Levanta su dedo índice y lo agita diciéndonos “no”.
—No estoy ovulando, que conste.
Risas
—¡He mirado el calendario!
Más risas
—Ha dicho “usted primero, por favor”, con una sonrisita pícara. Como si me diera a entender que es eso lo que me diría en la cama. Le he dado las gracias y he aprovechado para escanearlo. En apenas una fracción de segundo. Metro ochenta y cinco —Jackie marca por encima de la cabeza la altura del tipo—, cincuenta años, atlético, no muy guapo, pero tampoco feo. Un señor bastante normal de cara. Barba corta bien arreglada y pelo canoso un poco revuelto. Iba vestido como un ejecutivo de viernes. Camisa y traje sport. ¡Ah! ¡Nada de zapatos! ¡Unas Munich! ¿Se puede tener más estilo? Todo cuidadosamente descuidado. Ojos verdes. Bonitos, a pesar de tener los párpados un poco caídos ya. Él también me ha mirado un momento y entonces he caído en que iba en pijama. Tengo un pijama que parece un chándal y alguna vez solo me calzo una bambas y bajo así a comprar el pan. Si hubiera llevado una carpeta me hubiera tapado el pecho con ella, como una colegiala. Las mejillas me ardían. Le he dado las gracias y he pasado al interior de la panadería. Había tres adolescentes con mochilas delante mío, decidiendo qué se llevaban del mostrador de bollería. Reconozco que me he sentido incómoda porque el maduro buenorro estaba detrás de mí y seguro que me estaba repasando el culo. Tuve un buen culo, pero reconozcamos que ya no está en su mejor momento. Una mierda, pero es lo que hay. Las chicas no han tardado mucho en comprar el almuerzo para el instituto aunque yo oía el tic tac de un reloj que ha hecho que ese “no mucho” —Marcia entrecomilla con sus manos en el aire— fuera una eternidad. Compré las dos baguettes, y me esperé, dentro de la panadería, disimulando. En realidad aproveché para responder algunos whatsapps. Vale: disimulando. Es obvio que quería saber algo más de ese caballero. Tenía prisa, ya lo dije, pero tampoco venía de un minuto. Además, aquello encajaba perfectamente con la charla que tenía que dar por la tarde. Es decir: ahora. Por cierto, Tip para todos ustedes: “vemos aquello en lo que estamos enfocados”.
El tic tac aquel que hizo larguísimo el momento aquel en que el señor Eternity me repasaba el culo (y, sinceramente, yo pensaba que, cuanto más me mirara más se me metía la licra de los pantalones por la raja) era real. ¡Y lo era! Era el ruído que hacía el caballero al jugar con las llaves que tenía en la mano derecha. Una de las llaves llevaba el logo de BMW. Nuestro secreto (y maduro) objeto de deseo se planta delante del mostrador y pide un bollo integral con semillas y una bandeja de pastas de té “para los compañeros de la oficina. Unos trescientos gramos”. La dependienta (vamos a llamarla María) ha sido muy profesional: ha abierto el bollo de pan con semillas, lo ha envuelto en papel de seda y lo ha metido en una bolsita de plástico transparente que ha cerrado con un nudo doble; ha cogido la bandeja de cartón dorado, ha puesto encima una blonda de papel blanco, y ha colocado encima de ella, una a una, las pastas de té. Cuando ha puesto la bandeja en la báscula, se había pasado de los trescientos gramos, pero el señor Integral con Semillas le ha hecho un gesto con la mano abierta, con el morro un poco arrugado y una leve inclinación lateral de cabeza. También ha dicho “está bien”, por si no había quedado claro.
—Os preguntaréis por qué me detengo en María ¿Qué hay de significativo en ella? Después os lo digo. Si se me olvida, recordádmelo. Eternity sacó un billete de entre unos cuantos que llevaba plegados, pagó, María le dio el cambio y él salió de la panadería regalándonos a las dos una bonita sonrisa y un “que tengan un buen día”.
Marcia sonríe y suelta un sonoro suspiro, como quien exhala el humo de la primera bocanada de una recaída en el tabaco. La charla ha durado una hora y, en ella, la psicóloga ha desgranado todos los ítems que hacen a un hombre maduro atractivo a los ojos de una mujer de mediana edad: madurez, apariencia, inteligencia, estatus profesional, social y económico; modales, respeto por el otro, seguridad en sí mismo y experiencia sexual.
—Y todo eso junto, si no hay química, no consigue nada. Muchas gracias —concluye Marcia.
Aplausos
—¿Alguna pregunta?
El bedel se acerca a un chaval con pinta de cascársela más que un mono y le da el micro.
—Hola. Gracias por su charla. ¿Qué hay de significativo en María?
—Disculpe, no entiendo su pregunta.
—María, la dependienta. Usted dijo que si se le olvidaba explicar por qué hablaba de ella, que se lo recordáramos.
—A Marí, cuando Eternity salió de la panadería, le temblaban las piernas ¿Le he respondido?
—Ha quedado claro, sí.
Risas.
—Todos conocéis las características que hacen atractivo a un hombre —dice Marcia.
—¡La autenticidad! —grita Valeria, sin pedir la palabra ni esperar que le acerquen el micro y sin separar la vista de la pantalla de la cámara.
¡La madre que la parió! Todos los de Ex Machina tenemos órdenes de no actuar. De ceñirnos al plan.
—Depende —contesta Marcia—. Si el tipo es un hijo de puta y es auténtico… ¿Qué? Pero sí, la falta de impostura hace que los defectos, si son pequeños, sean asumibles. Un hombre seguro de sí mismo y maduro emocionalmente no tiene miedo al rechazo. Eso es seguridad. Es jaque-mate.
—¿Qué hace atractivo a Ricardo Darín?
La que ha gritado, cuatro asientos atrás, es Judith2. Otra que “la madre que la parió”.
Notas
1 Personaje de “Acabar con tu ex» ”
2 Capítulo 43 de “TLAQMSLV 2″”

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