Eline es Jaydy

Ahí llega en su Toyota Rav4. Le señalo el lugar donde puede aparcar. Me sonríe a través de la luna frontal. Lleva esas Ray-Ban Wayfarer negras que le dan cierto misterio. Se baja del coche y veo que tiene el pelo rizado. En las fotos de su perfil de la app de ligoteo se mostraba con diferentes peinados, aunque la que tiene en el Whatsapp del móvil de trabajo es una con cabello liso y engominado, peinado hacia atrás. Me esperaba algo así, pero debo decirte que los rizos le quedan genial. Atenúan un poco la dureza de las líneas de su cara. Lleva una camiseta de tirantes; una básica, blanca, de algodón. Una minifalda de verano de tela muy fina, estampada con flores, ajustada a la cintura con un cinturón de cordura. Al final de esas piernas de saltadora de altura lleva unas sandalias romanas tobilleras.

—Siento el retraso —dice, dándome dos besos en la cara—. He pillado un camión delante en una zona que no podía adelantar y hay obras en la Ronda.

—Quítate las gafas un momento.

—Sí, lo siento.

Los ojos son del azul más claro y transparente que he he visto nunca. Ojos de aguamarina. Las pupilas son muy pequeñas, incluso para la cantidad de luz que tenemos. Son unas pupilas realmente pequeñas. Esa combinación de iris aguamarina y pupilas muy pequeñas le dan un aspecto irreal. Alguien ha hecho un grafiti en Rambla de Sant Oleguer de una muñeca que tiene los ojos un tanto así. Se le da un aire a alguien que conozco. Eline. No el grafiti. A alguien que conozco o a alguien conocida. Mierda.

—Lo siento está bien, pero besarme está mejor.

Me quedo quieto y se acerca a mí, levanta levemente los talones del suelo, estira el cuello y me besa en la boca.

—A ver; a ver; a ver —dice Zamme—. Primera vez que la ves y nada más llegar le dices que te bese y lo hace. En la boca. Esta es la puta esa cara, ¿sí? No me estoy liando. Quedas por primera vez con la puta y haces que te bese en la boca. ¿Es eso?

Es probable, sabiendo lo que sé, que no haga mucho que se haya comido y relamido una polla. A veces me sorprendo del estómago que gasto. Besa maravillosamente bien.

—Quiero más.

Es una petición que suana a orden. Esta vez le enmarco el cuello con las manos y cuando me parece que va a separarse de mí, le recojo el pelo en la nuca, se lo agarro con fuerza y le violo la boca con la lengua. Le aprieto mucho el pelo, esperando que se queje. Nada. Soy un blando. Le cojo la mano y la llevo desde la Avinguda de les Drassanes hasta Sant Oleguer. Le digo que es absolutamente preciosa.

—Tú eres más guapo que en esa foto que tienes de perfil.

—¿Cómo va tu negocio?

—Fatal. Creo que soy mejor cocinera que puta.

—¿Cuántos clientes has tenido?

—Ninguno.

En la Rambla del Raval las terrazas están con un cien por cien de ocupación, decenas de fritos deambulan buscando cualquier mierda de provecho, seis o siete yonquis caminan a paso ligero hacia su siguiente chuta y hay unos diez u once grupos de jais1 haciendo el briefing de media tarde que precede a su actividad delictiva.

—¿Conoces esta zona?

—Sí. Viví unos meses en Joaquim Costa número uno.

Eline habla mucho y rápido, supongo que porque está un poco nerviosa. La llevo de la cintura, con firmeza y cuando se atropella contándome miles de cosas muy accesorias la paro en seco, me la pongo de cara y la beso.

—¿Qué cosas accesorias? ¿Què vol dir2 “cosas accesorias”? —dice Zamme.

—Que ha llegado tarde porque ha pillado un camión delante, que tenía que enviarle un mensaje de seguridad a su amiga, que ha decidido ponerse esa falda porque es muy fresca, que todo es muy raro, que no sabe por qué ha dicho “todo”, que a donde vamos, que…

—Suficiente.

Hay un tipo esperando el ascensor que nos va a subir a la planta undécima del Hotel Barceló. Es el típico estirado vestido con polo de Tommy Hilfiger, bermudas Pepe Jeans y naúticos azul marino de Bexley. En el hall y en el ascensor suena la versión de Dooley Wilson de “As Time Goes By”. El leitmotiv de Casablanca3, sí.

—¿Reloj?

—¿Reloj? —repito.

—Sí. ¿Qué reloj llevaba?

—¿A qué viene eso, Zamme? Te importan una mierda los relojes.

—Yo què sé. Siempre hablas de los putos relojes.

—Vi la correa de silicona naranja. Nada más.

—Ahora quería saber qué reloj llevaba, fíjate tú.

—Fíjate tú.

No reparo en su reloj porque cuando se cierran las puertas del ascensor cojo por el cuello a Eline y le como la boca. Otra vez, sí. Llámame intenso.

You must remember this

A kiss is still a kiss

A sigh is just a sigh

—Lo tuyo es de traca, nen —dice Zamme.

—¿Te molo?

—No. Das bastante asco, la verdad.

Puto Zamme… Es un beso de película; con música romanticona de fondo.

Sorry.

El pijo me aparta un poco para poder salir. Eline suelta risotadas entre nuestras lenguas.

The fundamental things apply

As time goes by

Llegamos a la terraza 360 del Barceló y ahí vuelvo a comportarme como un caballero. Pasamos delante de la barra y saludo a los camareros, con confianza, y me llevo a Eline hasta la cara norte. La zona de la piscina es muy agradable pero a las siete y media de la tarde todavía hay clientes del hotel remojándose en esa alberca.

—¿Qué quieres tomar?

—Decide por mí.

Decido unas copas de verdejo de Rueda, bien fresco.

—Por el éxito y el amor.

—Por el éxito y el amor.

Me retiro un poco para observarla.

—Te pareces a alguien.

—¿A quién?

—Ni idea. Todavía.

Son las ocho de la tarde y…

—Esta luz y esta brisa te sientan muy bien.

—Gracias.

—No quiero que mañana tengas la excusa de que vas bebida. Ven hasta aquí y bésame.

Y lo hace. Se baja del taburete alto, despacio, con cuidado, como pensando cada movimiento y da dos pasos hacia mí. SIgo sentado aquí y con el cuerpo erguido. No voy a su encuentro. Tiene que venir hasta mí y buscarme la boca. Y lo hace. Le cojo el cuello con la manos izquierda y se lo mantengo apretado y le meto la otra mano debajo del vestido para cogerle el culo. Le doi una bofetada.

—Vuelve a tu sitio.

—¡Joder, cómo me gustas!

La bofetada ha llamado la atención de algunas personas que están en las mesas de por aquí, así que esto de meterle mano a través del escote y sobarle las tetas no es nada discreto. Le toco las piernas, también. Inspecciono la piel y la carne, como haría alguien interesado en comprar un coche de segunda mano. Un caballo. Una esclava.

Los muslos de Eline están muy bien formados y me llevan a sus aductores. A su isquion. A sus crestas ilíacas.

Eline mantiene la mirada al suelo, pero por encima de su hombro derecho. Tiene vergüenza de contactar visualmente con alguno de nuestros espectadores. Tiene vergüenza de ver que le estoy metiendo mano bajo el vestido. Levanta la vista al cielo. Tiene vergüenza de que le levante la falda.

—Me gustan tus braguitas.

—Son muy muy cuquis4—dice, orgullosa.

Son negras y transparentes, anudadas a ambos lados de la cadera. Pongo mi rodilla izquierda entre las suyas, para que no pueda cerras las piernas y le pellizco suaventente el coño. Se baja la falda y me mira con cara de pena, como diciendo “por favor…”. Le he encontrado el límite. Por ahora hasta ahí.

—Me encanta la tersura de tu coño.

—Me alegro.

—Te pareces a Jaydy Michel5.

—¡Eres muy divergente! ¿Jaydy?

Me lo tomo como un elogio, eso de divergente.

—Jaydy es modelo y actriz.

—¿Guapa?

—Muy guapa. Voy a por más vino.

—Vale, señor divergente.

Vuelvo con las copas. Eline está mirando por el telescopio.

—Se ve genial, el Tibidabo.

Y yo lo que veo es que ha dejado en la mesa, sin vigilancia ninguna, su bolso y mi mochila. La madre que la parió…

Nora Hansen, nacida en Hvalstad, Noruega, el 10 de enero de 1994. Le hago una foto al pasaporte y vuelvo a dejarlo en su bolso.

—Se ve muy bien la gente. Casi puedes meterte dentro de aquella casa —dice, con el ojo pegado al visor.

Se me ocurre que podría poner su culo delante de la lente, a ver si yo me puedo meter en él.

—No hago anal.

No lo dice, pero es lo que hubiera respondido a mi ingeniosa sugerencia. Me la callo. También porque Eline, Nora o Jaydy ha vuelto a contarme no sé qué mierda a la que no atiendo porque estoy entretenido bañándome en sus ojos, que es lo más parecido a bañarse en una playa de Milos.

—¿Así que eres policía?

—Sí. Bueno, no. Estoy de excedencia.

—¿Y haces algo?

—Hago cosas, sí.

He vuelto a meterle mano, como en los viejos tiempos.

—¿Qué cosas haces? Cuéntame.

—No puedo contarte lo que hago.

—¿Por qué?

—Porque tengo un negocio ilegal.

—Va, dime a qué te dedicas.

—Tengo un negocio.

—¿Qué negocio?

—No te lo puedo decir.

—¿Por qué?

—Porque es ilegal.

—¿En serio?

No contesto. La danesa me regala una sonrisa deliciosa, como untada con mantequilla Lurpak6.

—Pues contrátame. Lo que yo hago también es ilegal.

—Prostituirse no es ilegal —dice el Repelente Niño Vicente7 que vive en mí.

—No pago impuestos.

—Eres una criminal, ya veo.

—Contrátame. Haré lo que sea.

—¿Lo que sea?

—Lo que sea.

Le explico alguno de los trabajos de los que me he ocupado. Los menos escabrosos. Ninguno de los robos, asesinatos por encargo o tráfico de lo que fuera que hubira en aquella maleta o en aquellas bolsas de deporte.

—Las putas que he necesitado contratar son jovencitas a las que no se les requiere tu elegancia.

—Nunca he matado a nadie; no sé si sabría hacerlo, pero puedo transportar cosas —dice, arrugando levemente el morro.

—Lo tendré en cuenta, aunque tendría que asegurarme de que eres totalmente de fiar.

—Soy totalmente de fiar.

Ya. Eso me dicen siempre todas. Nos acabamos la tercera copa de vino y yo ya me tengo que ir.

—¿Nos vamos? Tengo trabajo.

—¿A las once de la noche? Si que debe ser raro ese trabajo ilegal en el que estás ahora.

Ha dicho eso de “ilegal” con retintín.

—Tengo que repasar unos documentos y diseñar una estrategia. Y servirme un whisky y hacerme una paja.

Eso último, lo del whisky y la paja, no lo digo, pero lo pienso.

Ella coge su bolso del taburete al otro lado de la mesa y yo saco unos cuantos billetes de mi cartera. Cuarenta. Hace algo de tiempo que me acostumbré a llevar encima una cantidad innecesaria de efectivo.

—Toma.

—¿Qué haces?

—Te pago.

—¿Por qué?

—Por tu compañía.

—No pienso cobrarte por mi compañía. He quedado contigo porque me ha apetecido.

—Cógelo.

—¡Es mucho dinero!

—Dos mil euros. Te van a ir bien. Y lo vales.

Como diciéndole que es una puta cara.

Nada de bajar por el ascensor. Escaleras. Camino por la décima planta como si supiera a dónde voy. Sé lo que quiero encontrar, pero no dónde lo voy a encontrar. Ya. Ahí. Hay una puerta abierta tras la que hay un minúsculo distribuidor triangular de un metro cuadrado que da a las puertas de las habitaciones 1010 y 1011.

Contra la pared. Un polvo de unos tres minutos porque me agobio. Jaydy gime moderadamente, pero este silencio sepulcral se oye bastante. Seguro que los huéspedes piensan que quienes están follando son los de la habitación de al lado, pero no molaría nada que alguno abriera la puerta y nos pillara haciendo el animal de esta manera. Aprovecho para dejarla medio en pelotas y revisar cada lugar en el que podría esconder un micro. Ustedes dirán que el pulgar en el culo no es un buen método para comprobar si alguien tiene un micro y yo ya me he encontrado casi de todo en la vida. La saco, me quito el condón y le digo que se ponga de rodillas. Mama como una ternera hambrienta y ni por esas noto que me llegue el momento.

—Cómeme las pelotas.

Me pajeo y cuando ya estoy a punto vuevo a enchufársela en la boca.

—Mírame. ¡MÍRAME!

Ya.

Salimos del Hotel y Jaydy tiene la mirada un tanto perdida. La llevo de la cadera. Se quita el cinturón que ciñe su falda y juega él entre sus manos. Miro a mi alrededor. Controlo el entorno. La Rambla del Raval está llena de jais a la caza de alguna víctima. Mi amiga ha cogido el extremo del cinturón que tiene la hebilla y se lo ha atado al cuello, haciéndose un collar, Me entrega el otro extremo. Es un gesto muy bonito, como diciéndome “soy tu perra”.

—Te llamo. Conduce con cuidado.

—Lo haré. Gracias por todo —responde.

Está muy bien educada, ya ven.

Notas

1 Adjetivo o nombre con el que los marroquíes llaman a sus amiguetes. Significa “hermano” y no necesariamente se trata de un hermano de sangre. Ciertos policías se refieren a los magrebíes, en base a economía de lenguaje, como “jais”.

2 “¿Qué quiere decir?”, en catalán.

3 La peli de Michael Curtiz de 1942 protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman.

4 Monas, bonitas e ingenuas.

5 Modelo y actriz.

6 Mantequilla danesa considerada la mejor del mundo.

7 Personaje de tira cómica (La Codorniz, años 50). Un niño redicho, creado por Rafael Azcona.


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