—¿Acepta el encargo? —dice Ricardo, dando vueltas con su mano derecha a una Liberty, una moneda de una onza de plata.

—Sí, siempre que usted acepte mis condiciones —contesto.

Ricardo se ha incorporado levemente. Ha movido hacia adelante, casi imperceptiblemente, su espalda, separándola del respaldo de cuero de su sillón. Y no dice nada, pero todo el mundo entendería, si lo viera, que me está diciendo algo así como “adelante, dígame sus condiciones”.

Zamme1 ha hecho sus deberes. A su manera.

“El tipo es un pretencioso. En su despacho hay un cuadro atribuído a Basquiat pero de autoría muy dudosa. No consta en ningún catálogo. Es uno de esos “falsos Basquiats” que rulan por ahí. Seguro. La silla parece buena, eso sí. Es una JFK Oval Office Chair, una reproducción de la silla de Kennedy. Cuesta unos cuatro mil pavos. Probablemente los Rolex que lleva son auténticos. El patrimonio declarado del tipo asciende a poco menos de veinte millones. Es pasta, pero no es tanta pasta”.

Es pasta pero no es tanta pasta. Ya.

Noto presión en las pelotas. No es psicosomático. Para nada. En cualquiera de las tres últimas reuniones en las que he tenido que negociar los términos de mis trabajos he tenido que dejar mi pistola a algún miembro de seguridad. Normalmente un par de matones te hacen un registro en una antesala. Les das la pistola y el teléfono móvil, te toquetean hasta el alma, te meten por el culo una pala detectora de metales y, cuando se han asegurado que no llevas ningún arma ni ningún elemento de grabación, te acompañan con amabilidad exquisita ante el jefe. Hoy no ha habido nada de eso. Hasta el lugar me es familiar y tengo que hacer un esfuerzo por mantenerme alerta. Estuve aquí, en el World Trade Center, hace unos años, en 2018, el despacho de Alicia2. Igual que entonces, una chica con pinta de secretaria me ha recibido con la mejor sonrisa del mundo y me ha invitado amablemente a que tome asiento hasta que el señor Darín me recibiera “en un momento”. Así que, ahora, Glocky, mi Glock 43, mi pistola personal, alojada en el interior de la cintura del pantalón, apoya la punta de su cañón sobre mi huevo derecho. Y esa es otra. Glocky no tendría que estar ahí. Tendría que estar custodiada por la Guardia Civil, ya que, tecnicamente, yo llevo perdido en Filipinas más de seis meses. Tecnicamente. Tengo una baja por depresión de las gordas, porque los de Asuntos Internos me abrieron un expediente feote, así que me fui para allí, a casa de la familia de Pinoy3. Compré por un puñado de pesos el pasaporte de un español que tuvo un mal día de submarinismo, fundé Dexms24 y me volví a Barcelona. Cualquier día van a darme el toque, que diría Rubén4.

Entre otras, en Dexms24 montamos una coartada a un marido infiel por 150.000, colocamos al hijo idiota de aquel potentado, como gerente de una multinacional, por 300.000. Después vino lo de quitar a alguien de la circulación, por 400.000. Y el siguiente por 500.000. Podemos conseguir Uranio enriquecido a partir de 800.000 el cuarto y mitad de libra. Eso dice Zamme.

—Un millón —digo.

—¿Un… millón?

—Seis meses, trabajaremos a nuestra manera, usted también tendrá que seguir nuestras indicaciones, un millón.

La espalda del señor Darín se hunde sobre el respaldo de su JFK Oval Office Chair. Puedes ver las arrugas del cuero de primera calidad alredeedor de sus hombros.

—Es muchísimo dinero —dice.

—Puedo conseguirle ciento cincuenta gramos de uranio enriquecido por 800.000, pero que Marina se enamore de usted es mucho más difícil. Y es más caro.

—Joder.

Ricardo da vueltas en su mano a la Liberty.

—Si tiene la pasta, gástesela en lo que importa.

Este apretón de manos hace que me recorra un calambre por toda la espalda.

Notas

1Personaje de “Una campaña más”.

2Cap.25 de “Todas las amantes que me salvaron la vida”.

3Personaje de “Nolotil, Sintrom, Beretta”.

4Frase y personaje de “Hernias de Ciutat Vella”.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *